martes, 20 de diciembre de 2011

5to 3ra 75 - Amor por la camiseta

Guillermo Mattei nos envió lo siguiente:

Amor por la camiseta

Cuando Uili salió velozmente hacia la calle, nos miramos incrédulos, todos.
Los más pedestres pensaron que había escuchado la sirena de su auto. Otros, que olvidó algún medicamento.
Más de uno lo recordó corriendo como un wing derecho pegado a la raya, por eso le decíamos "Motoneta Mattei".
Estaba explicando con precisión de físico óptico, el hallazgo científico de la Partícula de Dios, una constatación humana que sepulta para siempre la falacia que le permitió al Supremo quedarse con algo ajeno, cuando inesperadamente se levantó de la mesa y raudo, busco la esquina de Jonte y Bufano...
Veníamos bien entre protones y neutrones y esa provocación mía con la que siempre lo enojo: "decime nene, ¿cómo es eso que el átomo se divide si etimológicamente la voz a-tomo implica unidad, que no puede dividirse?" y él, lejos de responderme "¿otra vez rompiendo las bolas con eso?", se levantó y salió.
Pero confieso que la curiosidad por su salida se diluyó de inmediato. Mientras Horacio increpaba a Héctor porque éste le intentaba explicar que no era de Néstor Kirchner de quien se estaba hablando y el Flaco Pedro inauguraba una muletilla de borracho: "¿qué opinan?, ¿se viene la guerra con los sindicalistas?"
Fin de año en el boliche de los Rovegno, un bodegón de los hermanos de Juanjo, uno de los dos abrazos perdidos prematuramente (el otro era el Ruso, con camisas de Chemea). Cuarenta y un años juntos. Unos más cerca de otros, pero todos indisolublemente ligados. La certeza está en que ninguno dejaría de reconocer a otro si se lo cruza circunstancialmente. No hay aspaviento, ni grito ni sorpresa, apenas un beso para disponerse a un tinto pero como si dejáramos la carpeta anillada con la liga negra sosteniendo los mapas, a un costadito.
Ni el gris de los cabellos ni la alopecia (como supo poetizar Gabriel) podrán distorsionar el entrañable rescoldo que habita en el fondo de nuestras miradas. Acaso por pudor de épocas pretéritas, nunca nos dijimos que cada uno conmueve a los otros con una intensidad sólo comparable a esas yapitas de ternura que la vida nos dejó en los hijos y en algún caso, en los nietos. Cada uno de esos señores integran una categoría especial, son "los pibes", ¡qué carajo!
Poco importa que sueño de Carlos resida en Gessel - ya repartió un juego de llaves para cada uno- o que los desproporcionados brazos del Zombi lo impulsen desde Bahía (solamente a él se le ocurre, justificando ampliamente el apodo).
Nada ni nadie, nunca, impedirá el misterio. La risa de Claudito es la misma, los arranques y chistes del Negro también. Si hasta llamamos al otro Héctor por el apellido y al Tata lo pondríamos de once sin ruborizarnos. Somos "los pibes", así, sencillito.
Siempre lo mejor está por venir, pero en las cajitas del alma secretea nuestra historia y la celebramos. Es fantástico comprobar cuán diferente impactó ella en cada uno. Pero hay esencia: no existe entre nosotros ningún miserable, ningún hijo de puta forma parte.
Tal vez porque la premisa tácitamente adquirida cuando en 1971 nos encontramos en las puertas del Urquiza se gesto de la mano de amas de casa, gente de artes y oficios, obreros y empleados, comerciantes de barrio.
Tal vez porque nunca, nadie, salió presuroso a la calle para mostrarle ninguna vanidad a nadie.
Salvo Uili, que anoche regresó tan veloz como se había ido y traía en una bolsa de nylon, la camiseta con la que jugamos el primer torneo Evita, de riguroso piqué, con el número 7 de plástico cosido y los colores rojo y negro gastados por la emoción.
Y fue pasando, de mano en mano.

Ismael Jalil, Diciembre 2011


De 5to 3ra 75

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