viernes, 18 de diciembre de 2009

La rebelión de 2do 6ta '60

Álvaro Carlos Otero de 5to 5ta 60 nos envió esta joya de anécdota/historia del colegio. Gracias Álvaro por el recuerdo:

El Urquiza había funcionado en Carabobo casi esquina José Bonifacio. Se trataba de un edificio viejo y mal mantenido, que en sus tiempos había albergado un prostíbulo o cosa de esas bajo el elegante nombre de Sans Souci.

El edificio estaba tan en ruinas que los alumnos, aún en el gobierno de Juan Domingo Perón, salieron a la calle para protestar. Era 1955, y el gobierno afrontaba problemas serios con la Iglesia, los partidos de izquierda (que atravesaban una etapa de gran popularidad), el radicalismo y varias fuerzas más.

Los estudiantes no tenían nada que ver con esas fuerzas, pero cometieron un acto imprudente: salir a la calle por el cambio de edificio, y después en defensa del rector del colegio, el “Oso” Viberti, un profesor de dibujo y artista muy popular entre los jóvenes. Lo habían desplazado y suspendido a raíz de las primeras manifestaciones.


Encabezados por Leonardo Gleyser (quien posteriormente hizo una brillante carrera periodística en TV) y otros los muchachos marcharon por la Avenida Carabobo hacia Rivadavia reclamando la vuelta del “Oso”. De paso reclamaban de nuevo el cambio de edificio, porque el inmueble de Carabobo y Bonifacio se estaba viniendo abajo. Carabobo estaba partida al medio por un boulevard en el que había enormes tipas, que la convertían en una hermosa avenida.


Era un edificio magnífico, con jardines por sus cuatro costados, que ocupaba un cuarto de manzana. Una ubicación privilegiada, cercana a varias líneas de tranvías. Cuando se fue el Urquiza, en el ex prostíbulo instalaron un colegio de señoritas. Vaya destino.

Esto habrá sido en julio o agosto de 1955. En septiembre Perón fue desalojado del gobierno por un golpe militar. El rebelde Urquiza fue premiado con el traslado a un edificio originalmente preparado para una escuela primaria, el de la calle Condarco que todavía ocupa.
Todo era para la primaria, incluyendo los pupitres. Construidos en madera dura eran fijos en inflexibles. El primer año todo anduvo más o menos bien, pero ya en el segundo se hizo evidente que era poco envase para jóvenes en crecimiento acelerado.
Otra vez en agosto comenzó el disturbio una mañana en 2º 6ª. Ante la sorpresa de los propios compañeros, los grandotes del fondo (que ciertamente pasaban todos de 1,75 para envidia de nosotros, los de más adelante que todavía no habíamos dado el estirón y que jamás llegamos a esas alturas) acumularon pedazos de algarrobo en el frente.

Al comienzo, los residuos de pupitres llegaban apenas hasta la canaleta de las tizas.

Cuando los menos desarrollados comenzaron a aportar sus propios restos de pupitres, la cosa se puso espesa. Un profesor, un hombre de unos 40 años, dio su clase como si nada pasase. Cuando le tocó a la profesora de, digamos, Botánica, la mujer palideció, dijo que la clase no estaba en condiciones y se volvió a la sala de profesores.

Apareció el jefe de celadores, bajito y muy gordo, un hombre como de 50 años, cuyo apellido era D’Alessio, y cuyas señas particulares eran tener constantemente en la boca un pucho de toscano “Avanti”, en aquel tiempo muy de moda entre los inmigrantes italianos que iban quedando. Había estado en el Colegio cuando la insurrección del 55, y debe haberse asustado por la posibilidad de que la cosa escalase a alturas de escándalo, como aquella vez.

“She equivocaron, sheñores”, dijo D’Alessio indignado ante la acumulación de restos. “No she trata así la propiedad del Minishterio”. En aquel entonces la educación estaba en jurisdicción nacional.

Romeo Pironi, que era hijo del dueño de una de las confiterías más importantes de Flores de aquel entonces, intentó explicarle con sus limitaciones de lenguaje que no se podía mantener ese equipamiento con los físicos actuales de los alumnos. D'Alessio reaccionó tomándole el pelo a Romeo, y diciéndole que tomase sus útiles y fuese a la dirección. Pironi lo tomó muy a mal, y se dejó llevar por su talante peninsular: al pasar al lado de D’Alessio con la pesada carpeta de fibra negra que servía para las diez materias del curso le dio un golpe en la cara. D’Alessio se tragó el pucho. Hubo que separarlos, porque Pironi quería seguir dándole.


No salimos en los diarios. No había canales de noticias de 24 horas, ni siquiera mandaron una cámara para ver qué pasaba. Es decir, no se hizo el escándalo que podría haberse suscitado hoy. Es más, para el colegio, su rector, nuestros padres y el resto de la sociedad, éramos culpables, sediciosos. No era para meternos en cana, es más, teníamos razón, pero la manifestación nos costó 13 amonestaciones colectivas, que después se hicieron esta anécdota y nada más.


Nos sancionaron eliminando la división 6ª; los alumnos fuimos divididos en dos grupos: de la A de Albini hasta la M de Martínez fueron destinados a 3º 1ª, de la N de Nicotian en adelante hasta la Z de Zancanaro a 3º5ª. Dijeron que no había espacio para mantener la división. Quedaron dos grandes grupos de más de 40 alumnos cada uno.


Pero nos quedó la satisfacción de que D’Alessio se tuvo que tragar su maloliente toscano, y Romeo Pironi, con un físico parecido al del sargento García, acabó asumiendo las características de El Zorro.


Álvaro Carlos Otero

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