Mostrando entradas con la etiqueta 5to 4ta 54. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 5to 4ta 54. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de enero de 2012

Apunte de Jorge Sainz (5to 4ta 54)

Jorge Sainz, de 5to 4ta 54, prosigue con sus magníficos envios. Aquí abajo su última entrega.
Hacer click aquí para ver las demás.
Gracias Jorge!

LA VIDA COTIDIANA BAJO LOS MANDATOS DE FELIX I Y MARCOS I (1949-1954)

Los finales de los cuarenta y los comienzos de los cincuenta fueron tiempos prósperos para los argentinos y los porteños en particular. Se apreciaba en la composición social de nuestra división. Una mitad del alumnado procedía de la clase obrera y media baja. La posibilidad de convertirse en bachiller e ingresar a la universidad estaba abierta, algo inimaginable una década atrás. Tal situación sufre un quiebro en el 52, cuando tres años ya bastaban para convertirse en bachiller elemental. Quienes se quedaron para cursar cuarto y quinto, eran firmes candidatos a acceder a una carrera universitaria. 1952 fue una criba también sustentada en una situación económica que había dejado de ser boyante sin ser crítica.

La característica común a esta época era la paz social. No existían conflictos de ningún género entre los alumnos, los profesores, las autoridades. Comparando con lo que afloró años más tarde, el colegio era una Arcadia. Los profesores atendían a sus alumnos, los estimulaban cuando veían la posibilidad de evitar un examen. Las autoridades si lo pedías eran capaces de convocar a los padres cuando había dificultades sociales o económicas. Los alumnos como siempre, estudiaban como las margaritas, mucho, poquito y nada.

¿Cómo era el tiempo de ocio que gozábamos? Lo primero a destacar era que no existían la televisión ni Internet, los carriles del ocio eran variopintos pero tampoco tanto. A menudo se recuerda una frase de León Tolstoi afirmando que pintar tu aldea era un modo de ser universal. Empezando porque no sabemos si el escritor realmente dijo eso o se trata simplemente de esas citas que a fuerza de repetirse te las crees. Yo difiero de esas aproximaciones gratuitas que pueden quedar bien pero terminan siendo tópicos.

Nuestros ocios eran ricos pero específicos, teníamos que movernos y no permanecer hipnotizados por la TV o por la computadora. Nuestras redes sociales se asentaban en tres lazos populares cuya historia todavía no ha sido escrita. Las afinidades, independientemente que cada joven tuviera las suyas, las trazaban los clubes, los cines y las bibliotecas de barrio. Según el perfil de cada uno, y habría algunos que ignorarían a todas. El adolescente, el educando del colegio Nacional, tal éramos nosotros, disponía mientras hacía los deberes, de los fines de semana y algunas horas del día (se cursaba los sábados cuando yo ingresé, si la memoria no me es infiel) . La radio y el cine gozaban de un arrastre social irrepetible. Abundaban excelentes programas cómicos con actores inolvidables, Sandrini, El Zorro, Buono-Striano, el Ñato Desiderio, redacción El relámpago. Desde un teatro todas las noches transmitía radio Porteña una obra teatral. Otros actores que hacían su agosto eran los cantores melódicos. Gregorio Barrios, Antonio Prieto, Leo Belico, los Fernandos como yo les llamaba: Torres, Borel, Albuerne. Todos estos personajes eran inmensamente populares y se podía asistir a sus actuaciones en la radio libremente. Otro tanto sucedía con los ases del fútbol, ibas al salón auditórium (cada radio tenía el suyo) y podías tener un mano a mano con los jugadores. No había controles ni desorden, sinó había sitio todo se arreglaba para que lo hubiera. Sin dramas. Yo acostumbraba preparar las lecciones al regresar del colegio y a veces me quedaba hasta tarde estudiando o escribiendo, pasando en limpio alguna tarea y aunque ahora resulte novelesco el contarlo, después de las doce de la noche me adentraba en la nocturnidad de programas muy diferentes a los de la tarde. Y era así porque nuestra imaginación lo ponía todo, éramos incapaces de concebir que una novela, un episodio familiar cotidiano como el de los “Pérez García” se montara alrededor de una mesa con micrófonos colgantes y tres o cuatro actores muy puestos leyendo un libreto dando contenido a la acción. El sonidista nunca faltaba con sus consabidos efectos especiales. Y doy fe que el relato de las grandes obras de la literatura nos tenían aferrados a esas radios desmesuradas en tamaño.

Otra red social eran los cines barriales, asimismo irrepetibles. Había categorías, desde los más miserables, que te llevabas la comida para pasar la tarde porque daban tres películas, hasta los más pitucos que sólo daban dos y no se permitía entrar mas que con un modesto sándwich y donde no había “coladas”. Películas que en el caso de los primeros llevaban años de estrenadas. En cambio, los cine de más categoría estrenaban pisándole los talones a las salas del centro. Obviamente el precio de la entrada era bien distinto entre los primeros y los últimos.

Luego estaban los clubes de barrio. Este fué un fenómeno social único en los barrios periféricos de Buenos Aires. Comenzaron en los veinte y se desarrollaron muchísimo en los treinta. Muchos de ellos auspiciaban a partidos políticos de izquierda. Los había socialistas, comunistas y anarcos. Aunque estos últimos cultivaban además la formación de bibliotecas o centros culturales, actividad que asimismo desarrollaban los demás pero quizá más acompañados de actividades deportivas. Era sencillo, por eso el básket era tan popular, se montaba la cancha en un espacio relativamente pequeño que cualquier club podía disponer. Esa misma cancha se usaba los fines de semana para organizar milongas con selectas grabaciones que aliviaban las frecuentemente escasas arcas del club. Hay una película estrenada hace pocos años, “Luna de Avellaneda”, que pinta actualizado el tema de los clubes barriales. En estos como en los cines, como en las bibliotecas, también había clases. En mi barrio, Villa del Parque, estaba el Gimnasia y Esgrima, un club que sostenía su prestigio con un equipo de jugadores que eran base de la selección nacional. Se entrenaba en esgrima, poseía un enorme gimnasio con tribunas, tenis, frontón, piscina, bochas y organizaba algunas de sus veladas con orquestas en vivo. O sea que bien lejos del típico club barrial modesto y menesteroso con tres o cuatro deportes. Otros clubes barriales de postín, Ateneo de la Juventud que estaba en Congreso, el Popular de Versalles, Hacoaj…

También integraban las redes sociales, las bibliotecas populares, resultado de donaciones como la Helena Larroque, cuando no del esfuerzo de particulares como la Florencio Sánchez, dignamente administrada por el Sr. Míguez en la Av. San Martín frente al cine Sena. Estas bibliotecas junto a aquellas alineadas a grupos de izquierda eran las mejores porque había plena libertad de movimientos para escoger un libro u hojearlo sin pasar por gestiones administrativas. Cosa que sí sucedía en las oficiales dependientes de la Dirección de Bibliotecas, desde los empleados hasta el trámite de solicitar un libro era desalentador y te daban ganas de no volver nunca.

Estas redes nos alimentaban los ocios y los estudios, fomentaban nuestra ductilidad social, familiar y colegial impidiendo que todo se condimentara en el colegio nacional porque la vida estaba y está en todas partes.

Luego del impresionante triunfo que habéis tenido al poner en marcha la web de los exalumnos del Urquiza de Flores en escasos tres años, es obvio que el fenómeno indica una necesidad comprimida que no bien halló el cauce de la tecnología para expandirse se materializó. Me he hecho la reflexión comparativa con los griegos que representan en cierto modo la infancia y la adolescencia de nuestra civilización. Nosotros, a través del colegio nacional, de esos años que a la distancia se revelan fugaces, también volvemos a los griegos, ese período de la historia en que todo era lindo, alegre, benigno y promisorio. Nosotros, igual que los griegos, acaso sin saberlo, en medio de la adultez, regresamos a nuestro paradigma griego cuando evocamos esa adolescencia cautiva de la belleza, la alegría y la ilusión. ===

Jorge Sainz

30 DE DICIEMBRE DE 2011

jueves, 29 de septiembre de 2011

Jorge Sainz (5to 4ta 54) y I - NUMERUS CLAUSUS

Este es el primero de tres apuntes acerca de la escenografía vigente durante mis años en el Colegio J. J. de Urquiza, 1949 a 1954. Dudo mucho que interesen a las generaciones que me siguieron – la friolera de cincuenta -, no obstante nunca falta alguien que por nostalgia o afán historicista pueda frecuentarlos.

I -
NUMERUS CLAUSUS

No cualquiera. No cualquiera ingresaba al Urquiza, viejo Colegio Nacional de Flores. Si con las pruebas de matemáticas y castellano no llegabas hasta 40 puntos de un máximo de 45, debías irte con la música a otra parte. Yo saqué 41 y para alegría infinita de mi madre entré a sus aulas. La historia fué así. Mi madre era de Trenque Lauquen y cada vez que en su juventud recalaba en Buenos Aires, lo hacía en una de esas típicas casas de zaguán y dos balcones al frente -, allá por Directorio y Esteban Bonorino. De su concurrencia al viejo cine-teatro Pueyrredón de Rivadavia y Fray Cayetano daba fe, asistiendo al cine o a los bailes de carnaval que ofrecía esta sala emblemática y hasta cierto punto lujosa a la que concurrí muchas veces en los primeros cincuenta. Era un timbre de honor para ella que yo perteneciera al Colegio Nacional del barrio. En ese entonces era casi un privilegio continuar los estudios en el Secundario, antesala frecuente de la Universidad. También iba al Flores, unas cuadras más allá, a otro que estaba en Bonorino, el San José de Flores. Pero había un cine especial, en la frontera, Carabobo al sur, llegando a avenida del Trabajo estaba el Continental con films menos actuales pero un sabor agreste que se las traía. También era una frontera haber cumplido 13 años, ensanchar tu horizonte, viajar solo, aunque ridículamente...de pantalón corto.Tuve que esperar los 14 para asumir mi seudo adultez. Por lo demás, a mí que venía de Villa del Parque, Flores me seducía, el colegio, la avenida Rivadavia, el hecho que muchos alumnos vivieran allí, el caserón pretencioso de Carabobo 286, palacete de postín en que disfrutábamos del método peripatético antes de cada clase. Donde habían metido con calzador en el subsuelo diversas dependencias, salas de música, de química, de Moral o de Italiano, todas allí acurrucadas. Y nosotros detrás en el anexo, seis aulas usadas por ambos turnos, de tarde y de mañana. Había una esquizofrenia en haber montado el Colegio Nacional de ¡Flores! injertado, al palacete del Señor. No conformes, detrás del anexo se empezaron en el 50 a montar unos barracones de madera precarios, rústicos, impropios de un colegio nacional. El Nacional Nº 9 Justo José de Urquiza se iba en títulos, en prestigio, en calidad del profesorado que no era poco. También el nivel del alumnado era bueno y el fracaso escolar mínimo. El 60% del núcleo inicial llegó a quinto (sin contar los traslados, que no abandonos a otros centros). Primero y segundo años eran una criba, en tercero quedaban seleccionados la mayoría para acceder a la Universidad. Más de la mitad de mi división fuimos compañeros los cinco años, un porcentaje elevado si se tiene en cuenta que el resto ya venía de cuarto. No resultaba muy diversa la situación en 5º3ª, supongo que nosotros éramos un muestrario de las pautas de la época. Conflictos de alumnos con profesores o de alumnos entre si, escasos. Siempre hubo y habrá recaudadores de amonestaciones pero no recuerdo expulsiones.

En los alrededores había por Pedro Goyena una escuela industrial, enfrente un colegio primario, más allá por Directorio frente a la plaza de la Soberanía un colegio religioso importante, llamado creo N.S.de la Misericordia. El colegio tenía dos entradas, la principal sobre Carabobo para los profesores, padres y proveedores, en ocasiones también salida de alumnos por la tarde. Por José Bonifacio estaba la auxiliar que era la real para nosotros porque por allí entrábamos todos diariamente.

Donde se montaban los barracones detrás del anexo, se extendía un baldío que alcanzaba la cortada de Pumacahua, campo del honor donde los compañeros defendían su prestigio y su dignidad. Enfrente, en el esquinazo, la librería-papelería de siempre. No recuerdo bares en las cercanías pero sí abundaban en Rivadavia. Para billares y casín, el primer piso del Odeón. Para pizza y empanadas, La Cuyana era insustituible. Los chicos se rateaban por la plaza cercana o los cafés de Flores. Luego estaban la Iglesia espléndida y monumental con sus cortadas de alrededor, -Salala, etc.. Pervivían en franco descenso las casas solariegas y aun las del siglo XIX como Marcó del Pont y demás con nombres de mujer o de flores. Flores no era multitudinario como ahora, había sitio para caminar, para estacionar, para el ocio sereno. Tenía sus propias figuras, Roberto Escalada –actor famoso en la cumbre de su carrera-, Antuco Telesca, Reynaldo Mompel, Jorge Lanza, ases de las radionovelas de Nené Cascallar que organizaba de tanto en tanto en el cine-teatro Fénix, sus veladas rodeada de amigos y actores y un público fervoroso. El colegio estaba ubicado en realidad en el borde este del distrito, algo excéntrico con respecto a la Plaza Flores. Y ¿qué pasaría con los aspirantes que no reunían el numerus clausus? Es probable se derivaran a otros colegios lejanos al barrio. Escaseaban los colegios secundarios. El nuestro era el colegio situado más al oeste de la capital, de Carabobo hacia la Gral Paz no había otro. Estaba en Almagro nuestro padre, el mejor y más prestigioso de Buenos Aires (exceptuando el Buenos Aires de la calle Bolívar que estaba adscripto a la UNBA) con un edificio “ad hoc” , el Mariano Moreno. En Palermo, también había uno muy famoso, el Nicolás Avellaneda. Recuerdo algunos más que nunca conocí como el Belgrano o el Sarmiento y el Mitre.

Para optar al examen de ingreso que entonces eran muy comunes en muchos de los secundarios, fueran estos nacionales, comerciales, industriales y normales, si bien podíamos prepararnos `por cuenta propia lo inteligente era ponerse bajo la tutela de un maestro que te exigiera y pusiera al tanto de los temas a examinar. En Villa del Parque tuve una profesora a la que un grupo de postulantes íbamos a diario, nos daba deberes e incluso un libro que se llamaba “Manual de Ingreso”. O sea que las cosas se hacían en serio todavía. En diciembre de 1949 pisé el Urquiza por primera vez.**. Todo me resultaba extraño y ajeno y me costaba asumir esa retahila de profesores y materias, apareciendo y borrándose cada 45 minutos. No sin inquietudes e inseguridades me acercaba al gran día del bautismo en el bachillerato.



A la página de la promoción '54

viernes, 20 de agosto de 2010

Foto de 5to 4ta 54

Jorge Sainz de esta división nos envió la siguiente foto:

De Promoción 1954


Muchas gracias Jorge por los recuerdos.

Para ver los nombres, ir a la página de la promoción 1954 haciendo click Aquí.